El tapón dice tres cosas, y el color solo dice una
Casi todas las guías dicen «busca el tapón azul». Es la más débil de las tres pistas, y en bastantes coches es falsa — los tapones negros son habituales, y algunos motores esconden el depósito bajo una tapa de plástico donde no se ve ningún color. Las tres pistas realmente fiables están todas en el tapón.
Se quita tirando. El tapón del limpiaparabrisas es una tapa encajada que se levanta o se tira, normalmente sin rosca alguna. Los de refrigerante y líquido de frenos se enroscan, y algunos piden un cuarto de vuelta más allá de un tope. No lleva marcas de nivel. Un tapón con MIN y MAX moldeados, o con una varilla colgando, pertenece a un depósito cuyo nivel sí importa — refrigerante, frenos, dirección asistida. El limpiaparabrisas tiene nivel, pero no es crítico, así que su tapón no lleva escala. Muestra un abanico de agua sobre una luna. Ese icono — un rectángulo con líneas de agua subiendo hacia él — es casi universal, y es el único del vano cuya imagen habla de cristal.
El escenario que da problemas no es la confusión, es la prisa. Estás en la gasolinera, la garrafa está abierta, el tapón que tienes en la mano es de tamaño parecido y el vaso de expansión está justo ahí. Limpiaparabrisas en el circuito de refrigeración diluye el anticongelante: baja el punto de ebullición y sube el de congelación, así que el motor puede calentarse en verano y el bloque puede rajarse en invierno — y ninguno de los dos aparece en el momento. En el aceite es peor y más rápido. En el depósito de frenos es lo más caro: el líquido de frenos no tolera ni agua ni impurezas, así que hay que purgar y rellenar todo el circuito. Tres veces el mismo error, tres facturas distintas.
El agua del grifo es gratis y cuesta más que el líquido
El agua del grifo funciona una semana y luego empieza a depositar. Lleva calcio y magnesio, que precipitan como sarro en el surtidor y a lo largo del tubo — el abanico se convierte en un chorro, el chorro en un hilito, y un lado acaba sin dar nada. Tampoco tiene detergente ni lubricante, así que las escobillas arrastran sobre un cristal más seco, lo que gasta el labio de goma y deja rayas finas. El lavavajillas plantea otro problema: es lo bastante alcalino para atacar la goma, y hace espuma, así que un parabrisas que parecía limpio se convierte en un borrón de burbujas justo en la luz en la que hay que ver.
Un líquido de verdad cuesta unos euros por dos litros y hace tres cosas: un detergente para insectos y resina, un lubricante para que la escobilla resbale en vez de arrastrar, y — la parte que importa en invierno — un punto de congelación. Esa última cifra se lee en la garrafa, y la regla es al menos 10 °C por debajo del récord de frío local, no la media. Un sitio que baja a −15 °C necesita líquido de −25 °C. Si has ido con líquido de verano y llega el frío, el depósito se hiela en bloque, se expande y revienta — y un depósito reventado es un depósito nuevo.
Helado significa deja de pulsar
El hielo en el depósito no es un atasco que se empuja. La bomba es un pequeño motor eléctrico que se cala casi al instante contra un sólido, y un motor calado consume mucha más corriente que uno girando. Lo siguiente es o un fusible — la salida barata, y una decisión de diseño deliberada — o un motor quemado, que no lo es. El ruido que hay que escuchar es la ausencia de ruido: si pulsar la palanca no produce ningún zumbido, el líquido está sólido o la bomba ya se fue. Deja que se descongele bien, con el calor del motor y tiempo, o aparca en un sitio por encima de cero; no eches agua caliente en un depósito helado, porque el choque térmico raja el plástico igual de bien que el hielo.